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Profetas y Reyes

Capítulo 30

Librados de Asiria

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EN UN tiempo de grave peligro nacional, cuando las huestes de Asiria estaban invadiendo la tierra de Judá, y parecía que nada podía ya salvar a Jerusalén de la destrucción completa, Ezequías reunió las fuerzas de su reino para resistir a sus opresores paganos con valor inquebrantable y confiando en el poder de Jehová para librarlos. Exhortó así a los hombres de Judá: "Esforzaos y confortaos; no temáis, ni hayáis miedo del rey de Asiria, ni de toda su multitud que con él viene; porque más son con nosotros que con él. Con él es el brazo de carne, mas con nosotros Jehová nuestro Dios para ayudarnos, y pelear nuestras batallas." (2 Crón. 32: 7, 8.)

Ezequías no carecía de motivos para poder hablar con certidumbre del resultado. El asirio jactancioso, aunque por un tiempo Dios le usara como bastón de su furor (Isa. 10:5), para castigar a las naciones, no había de prevalecer siempre. El mensaje enviado por el Señor mediante Isaías algunos años antes a los que moraban en Sión había sido: "No temas de Assur.... De aquí a muy poco tiempo, ... levantará Jehová de los ejércitos azote contra él, cual la matanza de Madián en la peña de Oreb: y alzará su vara sobre la mar, según hizo por la vía de Egipto. Y acaecerá en aquel tiempo, que su carga será quitada de tu hombro, y su yugo de tu cerviz, y el yugo se empodrecerá por causa de la unción." (Isa. 10: 24-27.)

En otro mensaje profético, dado "en el año que murió el rey Achaz," el profeta había declarado: "Jehová de los ejércitos juró, diciendo: Ciertamente se hará de la manera que lo he pensado, y será confirmado como lo he determinado: Que quebrantaré al Asirio en mi tierra, y en mis montes lo hollaré; y su yugo será apartado de ellos, y su carga será quitada de su hombro. Este es el consejo que está acordado sobre toda la tierra; y ésta, la mano extendida sobre todas las gentes. Porque Jehová de los ejércitos ha determinado: ¿y quién invalidará? Y su mano extendida, ¿quién la hará tornar?" (Isa. 14: 28, 24-27.)

El poder del opresor iba a ser quebrantado. Sin embargo, durante los primeros años de su reinado, Ezequías había continuado pagando tributo a Asiria de acuerdo con el trato hecho con Acaz. Mientras tanto el rey "tuvo su consejo con sus príncipes y con sus valerosos," y había hecho todo lo posible para la defensa de su reino. Se había asegurado un abundante abastecimiento de agua dentro de los muros de Jerusalén, para cuando escaseara en las afueras. "Alentóse así Ezequías, y edificó todos los muros caídos, e hizo alzar las torres, y otro muro por de fuera: fortificó además a Millo en la ciudad de David, e hizo muchas espadas y paveses. Y puso capitanes de guerra sobre el pueblo." (2 Crón. 32: 3, 5, 6.) No había descuidado nada de lo que pudiese hacerse como preparativo para un asedio.

En el tiempo en que Ezequías subió al trono de Judá, los asirios se habían llevado ya cautivos a muchos hijos de Israel del reino septentrional; y a los pocos años de haber iniciado su reinado, mientras todavía se estaba fortaleciendo la defensa de Jerusalén, los asirios sitiaron y tomaron a Samaria, y dispersaron las diez tribus entre las muchas provincias del reino asirio. El límite de Judá quedaba tan sólo a pocas millas y Jerusalén a menos de otras cincuenta millas [ochenta kilómetros], y los ricos despojos que se podrían sacar del templo eran para el enemigo una tentación a regresar. Pero el rey de Judá había resuelto hacer su parte en los preparativos para resistirle; y habiendo realizado todo lo que permitían el ingenio y la energía del hombre, reunió sus fuerzas y las exhortó a tener buen ánimo. "Grande es en medio de ti el Santo de Israel" (Isa. 12: 6), había sido el mensaje del profeta Isaías para Judá; y el rey declaraba ahora con fe inquebrantable: "Con nosotros Jehová nuestro Dios para ayudarnos, y pelear nuestras batallas."

No hay nada que inspire tan prestamente fe como el ejercicio de ella. El rey de Judá se había preparado para la tormenta que se avecinaba; y ahora, confiando en que la profecía pronunciada contra los asirios se iba a cumplir, fortaleció su alma en Dios. "Y afirmóse el pueblo sobre las palabras de Ezechías." (2 Crón. 32: 8.) ¿Qué importaba que los ejércitos de Asiria, que acababan de conquistar las mayores naciones de la tierra, y de triunfar sobre Samaria en Israel, volviesen ahora sus fuerzas contra Judá? ¿Qué importaba que se jactasen: "Como halló mi mano los reinos de los ídolos, siendo sus imágenes más que Jerusalem y Samaria; como hice a Samaria y a sus ídolos, ¿no haré también así a Jerusalem y a sus ídolos?" (Isa. 10: 10, 11.) Judá no tenía motivos de temer, porque confiaba en Jehová.

Llegó finalmente la crisis que se esperaba desde hacía mucho. Las fuerzas de Asiria, avanzando de un triunfo a otro, se hicieron presentes en Judea. Confiados en la victoria, los caudillos dividieron sus fuerzas en dos ejércitos, uno de los cuales había de encontrarse con el ejército egipcio hacia el sur, mientras que el otro iba a sitiar a Jerusalén.

Dios era ahora la única esperanza de Judá. Este se veía cortado de toda ayuda que pudiera prestarle Egipto, y no había otra nación cercana para extenderle una mano amistosa.

Los oficiales asirios, seguros de la fuerza de sus tropas disciplinadas, dispusieron celebrar con los príncipes de Judá una conferencia durante la cual exigieron insolentemente la entrega de la ciudad. Esta exigencia fue acompañada por blasfemias y vilipendios contra el Dios de los hebreos. A causa de la debilidad y la apostasía de Israel y de Judá, el nombre de Dios ya no era temido entre las naciones, sino que había llegado a ser motivo de continuo oprobio. (Isa. 52: 5.)

Dijo Rabsaces, uno de los principales oficiales de Senaquerib: "Decid ahora a Ezechías: Así dice el gran rey de Asiria: ¿Qué confianza es ésta en que tú estás? Dices, (por cierto palabras de labios): Consejo tengo y esfuerzo para la guerra. Mas ¿en qué confías, que te has rebelado contra mí?" (2 Rey. 18: 19, 20.)

Los oficiales estaban entrevistándose fuera de las puertas de la ciudad, pero a oídos de los centinelas que estaban sobre la muralla; y mientras los representantes del rey asirio comunicaban en alta voz sus propuestas a los principales de Judá, se les pidió que hablasen en lengua asiria más bien que en el idioma de los judíos, a fin de que los que estaban sobre la muralla no se enterasen de lo tratado en la conferencia. Rabsaces, despreciando esta sugestión, alzó aun más la voz y continuó hablando en lengua judaica diciendo:

Oíd las palabras del gran rey, el rey de Asiria. El rey dice así: No os engañe Ezequías, porque no os podrá librar. Ni os haga Ezequías confiar en Jehová, diciendo: Ciertamente Jehová nos librará: no será entregada esta ciudad en manos del rey de Asiria.

"No escuchéis a Ezequías: porque el rey de Asiria dice así: Haced conmigo paz, y salid a mí; y coma cada uno de su viña, y cada uno de su higuera, y beba cada cual las aguas de su pozo; hasta que yo venga y os lleve a una tierra como la vuestra, tierra de grano y de vino, tierra de pan y de viñas.

"Mirad no os engañe Ezequías diciendo: Jehová nos librará. ¿Libraron los dioses de las gentes cada uno a su tierra de la mano del rey de Asiria? ¿Dónde está el dios de Hamath y de Arphad? ¿dónde está el dios de Sepharvaim? ¿libraron a Samaria de mi mano? ¿Qué dios hay entre los dioses de estas tierras, que haya librado su tierra de mi mano, para que Jehová libre de mi mano a Jerusalem?" (Isa. 36: 13-20.)

Al oír estos desafíos, los hijos de Judá "no le respondieron palabra." La conferencia terminó. Los representantes judíos volvieron a Ezequías, "rotos sus vestidos, y contáronle las palabras de Rabsaces." (Vers. 21, 22.) Al imponerse del reto blasfemo, el rey "rasgó sus vestidos, y cubrióse de saco, y entróse en la casa de Jehová." (2 Rey 19: 1.) Se mandó un mensajero a Isaías para informarle del resultado de la conferencia. El mensaje enviado por el rey fue éste: "Este día es día de angustia, y de reprensión, y de blasfemia. . . . Quizá oirá Jehová tu Dios todas las palabras de Rabsaces, al cual el rey de los Asirios su señor ha enviado para injuriar al Dios vivo, y a vituperar con palabras, las cuales Jehová tu Dios ha oído: por tanto, eleva oración por las reliquias que aun se hallan." (Vers. 3, 4.)

"Mas el rey Ezechías, y el profeta Isaías hijo de Amós, oraron por esto, y clamaron al cielo." (2 Crón. 32: 20.)

Dios contestó las oraciones de sus siervos. A Isaías se le comunicó este mensaje para Ezequías: "Así ha dicho Jehová: No temas por las palabras que has oído, con las cuales me han blasfemado los siervos del rey de Asiria. He aquí pondré yo en él un espíritu, y oirá rumor, y volveráse a su tierra: y yo haré que en su tierra caiga a cuchillo." (2 Rey. 19: 6, 7.)

Después de separarse de los príncipes de Judá, los representantes asirios se comunicaron directamente con su rey, que estaba con la división de su ejército que custodiaba el camino hacia Egipto. Cuando oyó el informe, Senaquerib escribió "letras en que blasfemaba a Jehová el Dios de Israel, y hablaba contra él, diciendo: Como los dioses de las gentes de los países no pudieron librar su pueblo de mis manos, tampoco el Dios de Ezechías librará al suyo de mis manos." (2 Crón. 32: 17.) La jactanciosa amenaza iba acompañada por este mensaje: "No te engañe tu Dios en quien tú confías, para decir: Jerusalem no será entregada en mano del rey de Asiria. He aquí tú has oído lo que han hecho los reyes de Asiria a todas las tierras, destruyéndolas; ¿y has tú de escapar? ¿Libráronlas los dioses de las gentes, que mis padres destruyeron, es a saber, Gozan, y Harán, y Reseph, y los hijos de Edén que estaban en Thalasar? ¿Dónde está el rey de Hamath, el rey de Arpbad, el rey de la ciudad de Sepharvaim, de Hena, y de Hiva?" (2 Rey. 19: 10-13.)

Cuando el rey de Judá recibió la carta desafiante, la llevó al templo, y extendiéndola "delante de Jehová" (Vers. 14), oró con fe enérgica pidiendo ayuda al Cielo para que las naciones de la tierra supiesen que todavía vivía y reinaba el Dios de los hebreos. Estaba en juego el honor de Jehová; y sólo él podía librarlos.

Ezequías intercedió: "Jehová Dios de Israel, que habitas entre los querubines, tú solo eres Dios de todos los reinos de la tierra; tú hiciste el cielo y la tierra. Inclina, oh Jehová, tu oído, y oye; abre, oh Jehová, tus ojos, y mira: y oye las palabras de Sennacherib, que ha enviado a blasfemar al Dios viviente. Es verdad, oh Jehová, que los reyes de Asiria han destruido las gentes y sus tierras; y que pusieron en el fuego a sus dioses, por cuanto ellos no eran dioses, sino obra de manos de hombres, madera o piedra, y así los destruyeron. Ahora pues, oh Jehová Dios nuestro, sálvanos, te suplico, de su mano, para que sepan todos los reinos de la tierra que tú solo, Jehová, eres Dios." (Vers. 15-19.)

"Oh Pastor de Israel, escucha:
Tú que pastoreas como a ovejas a José,
Que estás entre querubines, resplandece.
Despierta tu valentía delante de Ephraim,
y de Benjamín, y de Manasés,
Y ven a salvarnos.
Oh Dios, haznos tornar;
Y haz resplandecer tu rostro,
y seremos salvos.
"Jehová, Dios de los ejércitos,
¿Hasta cuándo humearás tú contra la oración de tu pueblo?
Dísteles a comer pan de lágrimas,
Y dísteles a beber lágrimas en gran abundancia.
Pusístenos por contienda a nuestros vecinos:
Y nuestros enemigos se burlan entre sí.
Oh Dios de los ejércitos, haznos tornar;
Y haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.
"Hiciste venir una vid de Egipto:
Echaste las gentes, y plantástela.
Limpiaste sitio delante de ella,
E hiciste arraigar sus raíces, y llenó la tierra.
Los montes fueron cubiertos de su sombra;
Y sus sarmientos como cedros de Dios.
Extendió sus vástagos hasta la mar,
Y hasta el río sus mugrones.
¿Por qué aportillaste sus vallados,
y la vendimian todos los que pasan por el camino?
Estropeóla el puerco montés
Y pacióla la bestia del campo.
Oh Dios de los ejércitos, vuelve ahora:
Mira desde el cielo, y considera, y visita a esta viña,
Y la planta que plantó tu diestra,
Y el renuevo que para ti corroboraste....
"Vida nos darás, e invocaremos tu nombre.
Oh Jehová, Dios de los ejércitos, haznos tornar;
Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos."
(Sal. 80.)
La súplica de Ezequías en favor de Judá y del honor de su Gobernante supremo, armonizaba con el propósito de Dios. Salomón, en la oración que elevó al dedicar el templo había rogado al Señor que sostuviese la causa "de su pueblo Israel, cada cosa en su tiempo; a fin de que todos los pueblos de la tierra sepan que Jehová es Dios, y que no hay otro." ( 1 Rey. 8: 59, 60.) Y el Señor iba a manifestar especialmente su favor cuando, en tiempos de guerra o de opresión por algún ejército, los príncipes de Israel entrasen en la casa de oración para rogar que se los librase. (1 Rey. 8: 33, 34.) No se dejó a Ezequías sin esperanza. Isaías le mandó palabra diciendo: "Así ha dicho Jehová, Dios de Israel: Lo que me rogaste acerca de Sennacherib rey de Asiria, he oído. Esta es la palabra que Jehová ha hablado contra él:

"Hate menospreciado, hate escarnecido la virgen hija de Sión; ha movido su cabeza detrás de ti la hija de Jerusalem.

"¿A quién has injuriado y a quién has blasfemado? ¿y contra quién has hablado alto, y has alzado en alto tus ojos? Contra el Santo de Israel. Por mano de tus mensajeros has proferido injuria contra el Señor, y has dicho: Con la multitud de mis carros he subido a las cumbres de los montes, a las cuestas del Líbano; y cortaré sus altos cedros, sus hayas escogidas; y entraré a la morada de su término, al monte de su Carmel. Yo he cavado y bebido las aguas ajenas, y he secado con las plantas de mis pies todos los ríos de lugares bloqueados.

"¿Nunca has oído que mucho tiempo ha yo lo hice, y de días antiguos lo he formado? Y ahora lo he hecho venir, y fue para desolación de ciudades fuertes en montones de ruinas. Y sus moradores, cortos de manos, quebrantados y confusos, fueron cual hierba del campo, como legumbre verde, y heno de los tejados, que antes que venga a madurez es seco.

"Yo he sabido tu asentarte, tu salir y tu entrar, y tu furor contra mí. Por cuanto te has airado contra mí, y tu estruendo ha subido a mis oídos, yo por tanto pondré mi anzuelo en tus narices, y mi bocado en tus labios, y te haré volver por el camino por donde viniste." (2 Rey. 19: 20-28.) La tierra de Judá había sido asolada por el ejército ocupante; pero Dios había prometido atender milagrosamente las necesidades del pueblo. Ezequías recibió este mensaje: "Y esto te será por señal Ezequías: Este año comerás lo que nacerá de suyo, y el segundo año lo que nacerá de suyo; y el tercer año haréis sementera, y segaréis, y plantaréis viñas, y comeréis el fruto de ellas. Y lo que hubiere escapado, lo que habrá quedado de la casa de Judá, tornará a echar raíz abajo, y hará fruto arriba. Porque saldrán de Jerusalem reliquias y los que escaparán, del monte de Sión: el celo de Jehová de los ejércitos hará esto.

"Por tanto, Jehová dice así del rey de Asiria: No entrará en esta ciudad, ni echará saeta en ella; ni vendrá delante de ella escudo, ni será echado contra ella baluarte. Por el camino que vino se volverá, y no entrará en esta ciudad, dice Jehová. Porque yo ampararé a esta ciudad para salvarla, por amor de mí, y por amor de David mi siervo." (Vers. 29-34.)

Esa misma noche se produjo la liberación. "Salió el ángel de Jehová, e hirió en el campo de los Asirios ciento ochenta y cinco mil." (Vers. 35.) El ángel mató a "todo valiente y esforzado, y a los jefes y capitanes en el campo del rey de Asiria." (2 Crón. 32: 21.)

Pronto llegaron a Senaquerib, que estaba todavía guardando el camino de Judea a Egipto, las noticias referentes a ese terrible castigo del ejército que había sido enviado a tomar Jerusalén. Sobrecogido de temor, el rey asirio apresuró su partida, y "volvióse por tanto con vergüenza de rostro a su tierra." Pero no iba a reinar mucho más tiempo. De acuerdo con la profecía que había sido pronunciada acerca de su fin repentino, fue asesinado por los de su propia casa, "y reinó en su lugar Esar-hadón su hijo." (Isa. 37: 38.)

El Dios de los hebreos había prevalecido contra el orgulloso asirio. El honor de Jehová había quedado vindicado en ojos de las naciones circundantes. En Jerusalén el corazón del pueblo se llenó de santo gozo. Sus fervorosas súplicas por liberación habían sido acompañadas de la confesión de sus pecados y de muchas lágrimas. En su gran necesidad, habían confiado plenamente en el poder de Dios para salvarlos, y él no los había abandonado. Repercutieron entonces en los atrios del templo cantos de solemne alabanza.

"Dios es conocido en Judá:
En Israel es grande su nombre.
Y en Salem está su tabernáculo,
Y su habitación en Sión.
Allí quebró las saetas del arco,
El escudo, y la espada, y tren de guerra.
"Ilustre eres tú; fuerte, más que los montes de caza.
Los fuertes de corazón fueron despojados, durmieron su sueño;
Y nada hallaron en sus manos todos los varones fuertes.
A tu reprensión, oh Dios de Jacob,
El carro y el caballo fueron entorpecidos.
"Tú, terrible eres tú:
¿Y quién parará delante de ti, en comenzando tu ira?
Desde los cielos hiciste oír juicio;
La tierra tuvo temor y quedó suspensa,
Cuando te levantaste, oh Dios, al juicio,
Para salvar a todos los mansos de la tierra.
"Ciertamente la ira del hombre te acarreará alabanza:
Tú reprimirás el resto de las iras.
Prometed, y pagad a Jehová vuestro Dios:
Todos los que están alrededor de él traigan presentes al
Terrible.
Cortará él el espíritu de los príncipes:
Terrible es a los reyes de la tierra."
(Sal. 76.)
El engrandecimiento y la caída del Imperio Asirio abundan en lecciones para las naciones modernas de esta tierra. La Inspiración ha comparado la gloria de Asiria en el apogeo de su prosperidad con un noble árbol del huerto de Dios, que superara todos los árboles de los alrededores.

"He aquí era el Asirio cedro en el Líbano, hermoso en ramas, y umbroso con sus ramos, y de grande altura, y su copa estaba entre densas ramas.... A su sombra habitaban muchas gentes. Hízose, pues, hermoso en su grandeza con la extensión de sus ramas; porque su raíz estaba junto a muchas aguas. Los cedros no lo cubrieron en el huerto de Dios: las hayas no fueron semejantes a sus ramas, ni los castaños fueron semejantes a sus ramos: ningún árbol en el huerto de Dios fue semejante a él en su hermosura.... Y todos los árboles de Edén, que estaban en el huerto de Dios, tuvieron de él envidia." (Eze. 31: 3-9.)

Pero los gobernantes de Asiria, en vez de emplear sus bendiciones extraordinarias para beneficio de la humanidad, llegaron a ser el azote de muchas tierras. Despiadados, sin consideración para Dios ni para sus semejantes, se dedicaron con terquedad a obligar a todas las naciones a reconocer la supremacía de los dioses de Nínive, a los cuales ensalzaban por sobre el Altísimo. Dios les había enviado a Jonás con un mensaje de amonestación, y durante un tiempo se humillaron delante de Jehová de los ejércitos, y procuraron su perdón. Pero pronto volvieron a adorar los ídolos y a tratar de conquistar el mundo.

El profeta Nahum, dirigiéndose a los malhechores de Nínive, exclamó: "¡Ay de la ciudad de sangres, toda llena de mentira y de rapiña, sin apartarse de ella el pillaje! Sonido de látigo, y estruendo de movimiento de ruedas; y caballo atropellador, y carro saltador; caballero enhiesto, y resplandor de espada, y resplandor de lanza; y multitud de muertos.... Heme aquí contra ti, dice Jehová de los ejércitos." (Nah. 3: 1-5.)

Con infalible exactitud el Infinito sigue llevando cuenta con las naciones. Mientras ofrece su misericordia, y llama al arrepentimiento, esta cuenta permanece abierta; pero cuando las cifras llegan a cierta cantidad que Dios ha fijado, el ministerio de su ira comienza. La cuenta se cierra. Cesa la paciencia divina. La misericordia ya no intercede en favor de aquellas naciones.

"Jehová es tardo para la ira, y grande en poder, y no tendrá al culpado por inocente. Jehová marcha entre la tempestad y turbión, y las nubes son el polvo de sus pies. El amenaza a la mar, y la hace secar, y agosta todos los ríos: Basán fue destruido, y el Carmelo, y la flor del Líbano fue destruída. Los montes tiemblan de él, y los collados se deslíen; y la tierra se abrasa a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan. ¿Quién permanecerá delante de su ira? ¿y quién quedará en pie en el furor de su enojo? Su ira se derrama como fuego, y por él se hienden las peñas." (Nah. 1: 3-6.)

Así fue como Nínive, "la ciudad alegre que estaba confiada, la que decía en su corazón: Yo, y no más," llegó a ser desolación, "vacía, y agotada, y despedazada está," "la morada de los leones, y de la majada de los cachorros de los leones, donde se recogía el león, y la leona, y los cachorros del león, y no había quien les pusiese miedo." (Sof. 2: 15; Nah. 2: 10, 11.)

Mirando hacia el momento en que el orgullo de Asiria sería humillado, Sofonías profetizó así acerca de Nínive: "Y rebaños de ganado harán en ella majada, todas las bestias de las gentes; el onocrótalo también y el erizo dormirán en sus umbrales: su voz cantará en las ventanas; asolación será en las puertas, porque su enmaderamiento de cedro será descubierto." (Sof. 2: 14.)

Grande fue la gloria del reino asirio; y grande fue su caída. El profeta Ezequiel, llevando más adelante la figura de un noble cedro, predijo claramente la caída de Asiria por causa de su orgullo y de su crueldad. Declaró:

"Por tanto, así dijo el Señor Jehová.... Puso su cumbre entre densas ramas, y su corazón se elevó con su altura, yo lo entregaré en mano del fuerte de las gentes, que de cierto le manejará: por su impiedad lo he arrojado. Y le cortarán extraños, los fuertes de las gentes, y lo abandonarán: sus ramas caerán sobre los montes y por todos los valles, y por todas las arroyadas de la tierra serán quebrados sus ramos; e iránse de su sombra todos los pueblos de la tierra, y lo dejarán. Sobre su ruina habitarán todas las aves del cielo, y sobre sus ramas estarán todas las bestias del campo: para que no se eleven en su altura los árboles todos de las aguas....

"Así ha dicho el Señor Jehová: El día que descendió a la sepultura, hice hacer luto, . . . y todos los árboles del campo se desmayaron. Del estruendo de su caída hice temblar las gentes." (Eze. 31: 10-16.)

El orgullo de Asiria y su caída habían de servir como lección objetiva hasta el fin del tiempo. Acerca de las naciones de la tierra que hoy se levantan con arrogancia y orgullo contra él? Dios pregunta: "¿A quién te has comparado así en gloria y en grandeza entre los árboles de Edén? Pues derribado serás con los árboles de Edén en la tierra baja." (Vers. 18.)

"Bueno es Jehová para fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían. Mas con inundación impetuosa hará consumación" de todos aquellos que procuran exaltarse a mayor altura que el Altísimo. (Nah. 1: 7, 8.)

"La soberbia del Assur será derribada, y se perderá el cetro de Egipto " (Zac. 10: 11.) Esto se aplica no sólo a las naciones que se levantaron contra Dios en los tiempos antiguos, sino también a las naciones de hoy que no cumplen el propósito divino. En el día de las recompensas finales, cuando el justo Juez de toda la tierra haya de "zarandear las gentes" (Isa. 30: 28), y se deje entrar en la ciudad de Dios a los que guardaron la verdad, las bóvedas del cielo repercutirán con los cantos triunfantes de los redimidos Declara el profeta "Vosotros tendrás canción, como en noche en que se celebra pascua; y alegría de corazón, como el que va con flauta para venir al monte de Jehová, al Fuerte de Israel. Y Jehová hará oír su voz potente.... Porque Assur que hirió con palo, con la voz de Jehová será quebrantado. Y en todo paso habrá madero fundado, que Jehová hará hincar sobre él con tamboriles y vihuelas." (Vers. 29-32.)