Make your own free website on Tripod.com

 

Profetas y Reyes

Capítulo 40

El Sueño de Nabucodonosor

[Flash Player]

Poco después que Daniel y sus compañeros entraron en el servicio del rey de Babilonia, acontecieron sucesos que revelaron a una nación idólatra el poder y la fidelidad del Dios de Israel. Nabucodonosor tuvo un sueño notable, "y perturbóse su espíritu, y su sueño se huyó de él." Pero aunque el ánimo del rey sufrió una impresión profunda, cuando despertó le resultó imposible recordar los detalles.

En su perplejidad, Nabucodonosor congregó a sus sabios, "magos, astrólogos, y encantadores," y solicitó su ayuda. Dijo: "He soñado un sueño, y mi espíritu se ha perturbado por saber el sueño." Y habiendo declarado su preocupación, les pidió que le revelasen lo que habría de aliviarla.

A esto los sabios respondieron: "Rey, para siempre vive: di el sueño a tus siervos, y mostraremos la declaración."

Desconforme con esta respuesta evasiva, y sospechando que, a pesar de sus aseveraciones jactanciosas de poder revelar los secretos de los hombres, no parecían dispuestos a ayudarle, el rey ordenó a sus sabios, con promesas de riquezas y honores por un lado y amenazas de muerte por el otro, que le diesen no sólo la interpretación del sueño, sino el sueño mismo. Dijo: "El negocio se me fue: si no me mostráis el sueño y su declaración, seréis hechos cuartos, y vuestras casas serán puestas por muladares. Y si mostrareis el sueño y su declaración, recibiréis de mí dones y mercedes y grande honra."

Aun así los sabios contestaron: "Diga el rey el sueño a sus siervos, y mostraremos su declaración." Airado ahora por la perfidia aparente de aquellos en quienes había confiado, Nabucodonosor declaró: "Yo conozco ciertamente que vosotros ponéis dilaciones porque veis que el negocio se me ha ido. Si no me mostráis el sueño, una sola sentencia será de vosotros. Ciertamente preparáis respuesta mentirosa y perversa que decir delante de mí, entre tanto que se muda el tiempo: por tanto, decidme el sueño, para que yo entienda que me podéis mostrar su declaración."

Amedrentados por las consecuencias de su fracaso, los magos procuraron demostrar al rey que su petición no era razonable y que la prueba exigida superaba a cualquiera que se hubiese requerido de hombre alguno. Dijeron: "No hay hombre sobre la tierra que pueda declarar el negocio del rey: demás de esto, ningún rey, príncipe, ni señor, preguntó cosa semejante a ningún mago, ni astrólogo, ni Caldeo. Finalmente, el negocio que el rey demanda, es singular, ni hay quien lo pueda declarar delante del rey, salvo los dioses cuya morada no es con la carne."

Entonces "el rey con ira y con grande enojo, mandó que matasen a todos los sabios de Babilonia."

Entre aquellos a quienes buscaban los oficiales que se aprestaban a cumplir lo ordenado por el decreto real, se contaban Daniel y sus amigos. Cuando se les dijo que de acuerdo con el decreto debían morir, "avisada y prudentemente" Daniel preguntó a Arioc, capitán de la guardia del rey: "¿Qué es la causa que este mandamiento se publica de parte del rey tan apresuradamente?" Arioc le explicó la perplejidad del rey acerca de su sueño notable, y cómo le había sido imposible obtener ayuda de aquellos en quienes había puesto hasta entonces la más plena confianza. Al oír esto, Daniel, arriesgando la vida, se atrevió a presentarse ante el rey y solicitó que se le concediera tiempo para rogar a su Dios que le revelase el sueño y su interpretación.

El rey accedió a esta petición. "Fuése luego Daniel a su casa, y declaró el negocio a Ananías, Misael, y Azarías, sus compañeros." Juntos pidieron sabiduría a la Fuente de luz y conocimiento. Conscientes de que Dios los había puesto donde estaban, y de que estaban haciendo su obra y cumpliendo las exigencias de su deber, manifestaron una fe poderosa. En momentos de perplejidad y peligro, siempre se habían dirigido al Señor para obtener dirección y protección; y él había sido su auxilio en toda ocasión. Ahora con corazón contrito, se sometieron de nuevo al Juez de la tierra, rogándole que los librase en este su tiempo de necesidad especial. Y no rogaron en vano. El Dios a quien habían honrado los honró a ellos. El Espíritu del Señor descansó sobre ellos, y a Daniel, "en visión de noche," fueron revelados el sueño del rey y su significado.

El primer acto de Daniel fue agradecer a Dios la revelación que le había dado. Exclamó: "Sea bendito el nombre de Dios de siglo hasta siglo: porque suya es la sabiduría y la fortaleza: y él es el que muda los tiempos y las oportunidades: quita reyes, y pone reyes: da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos: él revela lo profundo y lo escondido: conoce lo que está en tinieblas, y la luz mora con él. A ti, oh Dios de mis padres, confieso y te alabo, que me diste sabiduría y fortaleza, y ahora me enseñaste lo que te pedimos; pues nos has enseñado el negocio del rey."

Presentándose inmediatamente a Arioc, a quien el rey había ordenado que destruyese los sabios, Daniel dijo: "No mates a los sabios de Babilonia: llévame delante del rey, que yo mostraré al rey la declaración." Prestamente, el oficial llevó a Daniel a la presencia del rey diciendo: "Un varón de los trasportados de Judá he hallado, el cual declarará al rey la interpretación."

He aquí al cautivo judío, sereno y dueño de sí mismo, en presencia del monarca del más poderoso imperio del mundo. En sus primeras palabras, rehusa aceptar los honores para sí, y ensalza a Dios como la fuente de toda sabiduría. A la ansiosa pregunta del rey: "¿Podrás tú hacerme entender el sueño que vi, y su declaración?" contestó: "El misterio que el rey demanda, ni sabios, ni astrólogos, ni magos, ni adivinos lo pueden enseñar al rey. Mas hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer a cabo de días.

"Tu sueño ­declaró Daniel­ y las visiones de tu cabeza sobre tu cama, es esto: Tú, oh rey, en tu cama subieron tus pensamientos por saber lo que había de ser en lo por venir; y el que revela los misterios te mostró lo que ha de ser. Y a mí ha sido revelado este misterio, no por sabiduría que en mí haya más que en todos los vivientes, sino para que yo notifique al rey la declaración, y que entendieses los pensamientos de tu corazón.

"Tú, oh rey, veías, y he aquí una grande imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible. La cabeza de esta imagen era de fino oro; sus pechos y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de metal; sus piernas de hierro; sus pies, en parte de hierro, y en parte de barro cocido.

"Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, la cual hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó. Entonces fue también desmenuzado el hierro, el barro cocido, el metal, la plata y el oro, y se tornaron como tamo de las eras del verano; y levantólos el viento, y nunca más se les halló lugar. Mas la piedra que hirió a la imagen, fue hecha un gran monte, que hinchió toda la tierra.

"Este es el sueño," declaró confiadamente Daniel; y el rey, escuchando todo detalle con la más concentrada atención, reconoció que se trataba del mismo sueño que tanto le había perturbado. Su mente quedó así preparada para recibir favorablemente la interpretación. El Rey de reyes estaba por comunicar una gran verdad al monarca babilónico. Dios iba a revelarle que él ejerce el poder sobre los reinos del mundo, el poder de entronizar y de destronar a los reyes. La atención de Nabucodonosor fue despertada para que sintiera, si era posible, su responsabilidad para con el Cielo. Iban a serle presentados acontecimientos futuros, que llegaban hasta el mismo fin del tiempo. Daniel continuó diciendo: "Tú, oh rey, eres rey de reyes; porque el Dios del cielo te ha dado reino, potencia, y fortaleza, y majestad. Y todo lo que habitan hijos de hombres, bestias del campo, y aves del cielo, él ha entregado en tu mano, y te ha hecho enseñorear sobre todo ello: tú eres aquella cabeza de oro.

"Y después de ti se levantará otro reino menor que tú; y otro tercer reino de metal, el cual se enseñoreará de toda la tierra.

"Y el reino cuarto será fuerte como hierro; y como el hierro desmenuza y doma todas las cosas, y como el hierro que quebranta todas estas cosas, desmenuzará y quebrantará.

"Y lo que viste de los pies y los dedos, en parte de barro cocido de alfarero, y en parte de hierro, el reino será dividido; mas habrá en él algo de fortaleza de hierro, según que viste el hierro mezclado con el tiesto de barro. Y por ser los dedos de los pies en parte de hierro, y en parte de barro cocido, en parte será el reino fuerte, y en parte será frágil. Cuanto a aquello que viste, el hierro mezclado con tiesto de barro, mezclaránse con simiente humana, mas no se pegarán el uno con el otro, como el hierro no se mistura con el tiesto.

"Y en los días de estos reyes, levantará el Dios del cielo un reino que nunca jamás se corromperá: y no será dejado a otro pueblo este reino; el cual desmenuzará y consumirá todos estos reinos, y el permanecerá para siempre. De la manera que viste que del monte fue cortada una piedra, no con manos, la cual desmenuzó al hierro, al metal, al tiesto, a la plata, y al oro; el gran Dios ha mostrado al rey lo que ha de acontecer en lo por venir: y el sueño es verdadero, y fiel su declaración."

El rey se quedó convencido de que la interpretación era verdad, y con humildad y reverencia, "cayó sobre su rostro, y humillóse," diciendo: "Ciertamente que el Dios vuestro es Dios de dioses, y el Señor de los reyes, y el descubridor de los misterios, pues pudiste revelar este arcano."

Nabucodonosor revocó el decreto que había dado para que destruyeran a los magos. Salvaron la vida gracias a la relación de Daniel con el Revelador de los secretos. Y "el rey engrandeció a Daniel, y le dio muchos y grandes dones, y púsolo por gobernador de toda la provincia de Babilonia, y por príncipe de los gobernadores sobre todos los sabios de Babilonia. Y Daniel solicitó del rey, y él puso sobre los negocios de la provincia de Babilonia a Sadrach, Mesach, y Abed-nego: y Daniel estaba a la puerta del rey."

En los anales de la historia humana, el desarrollo de las naciones, el nacimiento y la caída de los imperios, parecen depender de la voluntad y las proezas de los hombres; y en cierta medida los acontecimientos se dirían determinados por el poder, la ambición y los caprichos de ellos. Pero en la Palabra de Dios se descorre el velo, y encima, detrás y a través de todo el juego y contrajuego de los humanos intereses, poder y pasiones, contemplamos a los agentes del que es todo misericordioso, que cumplen silenciosa y pacientemente los designios y la voluntad de él.

En palabras de incomparable belleza y ternura, el apóstol Pablo presentó u los sabios de Atenas el propósito que Dios había tenido en la creación y distribución de las razas y naciones. Declaró el apóstol: "El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, . . . de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los términos de la habitación de ellos; para que buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen." (Hechos 17: 24-27.)

Dios indicó claramente que todo aquel que quiere, puede entrar "en vínculo de concierto." (Eze. 20: 37.) Al crear la tierra, quería que fuese habitada por seres cuya existencia resultara de beneficio propio y mutuo, al mismo tiempo que honrara a su Creador. Todos los que quieran pueden identificarse con este propósito. Acerca de ellos se dice: "Este pueblo crié para mí; mis alabanzas publicará." (Isa. 43: 21.)

En su ley Dios dio a conocer los principios en que se basa toda verdadera prosperidad, tanto de las naciones como de los individuos. A los israelitas Moisés declaró acerca de esta ley: "Esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia." "Porque no os es cosa vana, mas es vuestra vida." (Deut. 4: 6; 32: 47.) Las bendiciones así aseguradas a Israel se prometen, bajo las mismas condiciones y en el mismo grado, a toda nación y a todo individuo debajo de los anchos cielos.

Centenares de años antes que ciertas naciones subiesen al escenario, el Omnisciente miró a través de los siglos y predijo el nacimiento y la caída de los reinos universales. Dios declaró a Nabucodonosor que el reino de Babilonia caería, y que se levantaría un segundo reino, el cual tendría también su período de prueba. Al no ensalzar al Dios verdadero, su gloria iba a marchitarse y un tercer reino ocuparía su lugar. Este también pasaría; y un cuarto reino, fuerte como el hierro, iba a subyugar las naciones del mundo.

Si los gobernantes de Babilonia, el más rico de todos los reinos terrenales, hubiesen cultivado siempre el temor de Jehová, se les habría dado una sabiduría y un poder que los habrían unido a él y mantenido fuertes. Pero sólo hicieron de Dios su refugio cuando estaban perplejos y acosados. En tales ocasiones, al no hallar ayuda en sus grandes hombres, la buscaban en hombres como Daniel, hombres acerca de quienes sabían que honraban al Dios viviente y eran honrados por él. A los tales pedían que les revelasen los misterios de la Providencia; porque aunque los gobernantes de la orgullosa Babilonia eran hombres del más alto intelecto, se habían separado tanto de Dios por la transgresión que no podían comprender las revelaciones ni las advertencias que se les daba acerca del futuro.

En la historia de las naciones el que estudia la Palabra de Dios puede contemplar el cumplimiento literal de la profecía divina. Babilonia, al fin quebrantada, desapareció porque, en tiempos de prosperidad, sus gobernantes se habían considerado independientes de Dios y habían atribuido la gloria de su reino a las hazañas humanas. El reino medo-persa fue objeto de la ira del Cielo porque en él se pisoteaba la ley de Dios. El temor de Jehová no tenía cabida en los corazones de la vasta mayoría del pueblo. Prevalecían la impiedad, la blasfemia y la corrupción. Los reinos que siguieron fueron aun más viles y corruptos; y se fueron hundiendo cada vez más en su falta de valor moral.

El poder ejercido por todo gobernante de la tierra es impartido del Cielo; y del uso que hace de este poder el tal gobernante, depende su éxito. A cada uno de ellos se dirigen estas palabras del Vigía divino: "Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste." (Isa. 45: 5.) Y para cada uno constituyen la lección de la vida las palabras dirigidas a Nabucodonosor: "Redime tus pecados con justicia, y tus iniquidades con misericordias para con los pobres; que tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad." (Dan. 4: 27.)

Comprender estas cosas, comprender que "la justicia engrandece la nación;" que "con justicia será afirmado el trono" y que éste se sustenta "con clemencia," reconocer el desarrollo de estos principios en la manifestación del poder de aquel que "quita reyes, y pone reyes," es comprender la filosofía de la historia. (Prov. 14: 34; 16: 12; 20: 28; Dan. 2: 21.)

Esto se presenta claramente tan sólo en la Palabra de Dios. En ella se revela que la fuerza tanto de las naciones como de los individuos no se halla en las oportunidades o los recursos que parecen hacerlos invencibles; no se halla en su jactanciosa grandeza. Se mide por la fidelidad con que cumplen el propósito de Dios.